El diseño cambia el espacio. Las relaciones, la ciudad
Autor: Manuel Alméstar
La adaptación de las ciudades al cambio climático suele representarse a través de imágenes muy reconocibles: nuevos árboles, pavimentos permeables, sistemas urbanos de drenaje sostenible, espacios públicos renaturalizados o soluciones basadas en la naturaleza que mejoran el confort climático. Son transformaciones visibles, medibles y necesarias para construir ciudades más resilientes. Durante los últimos años, además, hemos desarrollado herramientas cada vez más precisas para evaluar estos cambios. Medimos la reducción de temperatura, la biodiversidad recuperada, la capacidad de infiltración del agua o la superficie verde incorporada. Todos estos indicadores son fundamentales porque permiten demostrar el impacto ambiental de las intervenciones y orientar las políticas públicas. Sin embargo, existe una pregunta que rara vez ocupa el centro del debate: ¿qué ocurre con las personas cuando cambia el espacio?
Las ciudades no son únicamente una suma de infraestructuras. Son, ante todo, lugares donde se construyen relaciones. Por eso, una intervención urbana alcanza su verdadero potencial cuando, además de mejorar las condiciones ambientales, transforma la manera en que las personas utilizan, perciben y comparten esos espacios.
Esta reflexión ha acompañado el trabajo desarrollado en Villaverde (Madrid) dentro del proyecto europeo URBREATH, una iniciativa que reúne a administraciones públicas, centros de investigación, equipos de diseño y organizaciones sociales para explorar nuevas formas de regeneración urbana. En Madrid, el proyecto se desarrolla gracias a la colaboración entre el Ayuntamiento de Madrid, la Junta Municipal del Distrito de Villaverde, Dark Matter Labs, Basurama, Traza y el itdUPM, integrando capacidades complementarias para abordar la adaptación climática desde una perspectiva ambiental, social y participativa.
Como parte del proceso de evaluación del proyecto, el equipo decidió complementar los indicadores ambientales con una evaluación de percepción ciudadana. El objetivo buscaba únicamente conocer cómo había cambiado el parque desde un punto de vista físico, sino comprender cómo había evolucionado la experiencia cotidiana de quienes lo utilizan. Para ello, se compararon los resultados de una encuesta realizada en 2022, antes de la intervención, con una nueva evaluación desarrollada en 2026 entre niños y niñas del entorno escolar.
Los resultados muestran una evolución muy significativa. El indicador global de percepción pasó de 2,1 a 4,06 sobre 5. La valoración positiva del espacio aumentó de forma notable y aspectos como el atractivo del parque, la comodidad para permanecer en él o el deseo de utilizarlo como lugar de encuentro y juego experimentaron mejoras especialmente relevantes.
Sin embargo, el dato más valioso quizá no sea el numérico. Durante el seguimiento del proyecto, distintos profesionales implicados en la intervención han señalado cómo el nuevo espacio está favoreciendo situaciones que anteriormente apenas se producían. Vecinos que prolongan su estancia en la plaza, familias que convierten el parque en un lugar de encuentro cotidiano o personas de diferentes orígenes que comienzan a interactuar mientras acompañan a los niños durante el juego son ejemplos de una transformación difícil de representar mediante planos o fotografías, pero esencial para comprender el impacto real de la intervención.
Estas observaciones no sustituyen a la evaluación técnica, sino que la enriquecen. Ponen de manifiesto que las soluciones basadas en la naturaleza pueden generar beneficios que trascienden el ámbito ambiental, contribuyendo también a fortalecer la cohesión social, el sentimiento de pertenencia y la calidad de vida en los barrios. Incorporar estas dimensiones a la evaluación de los proyectos resulta imprescindible para comprender todo el valor que pueden aportar los procesos de regeneración urbana.
En un momento en el que las ciudades buscan acelerar su adaptación al cambio climático, experiencias como esta invitan a ampliar la manera en que entendemos el éxito de la regeneración urbana. Medir árboles, biodiversidad o temperatura seguirá siendo imprescindible. Pero quizá también debamos preguntarnos si esos nuevos espacios consiguen generar algo igual de importante: más oportunidades para encontrarse, convivir y construir comunidad.
Autor: Manuel Alméstar
La adaptación de las ciudades al cambio climático suele representarse a través de imágenes muy reconocibles: nuevos árboles, pavimentos permeables, sistemas urbanos de drenaje sostenible, espacios públicos renaturalizados o soluciones basadas en la naturaleza que mejoran el confort climático. Son transformaciones visibles, medibles y necesarias para construir ciudades más resilientes. Durante los últimos años, además, hemos desarrollado herramientas cada vez más precisas para evaluar estos cambios. Medimos la reducción de temperatura, la biodiversidad recuperada, la capacidad de infiltración del agua o la superficie verde incorporada. Todos estos indicadores son fundamentales porque permiten demostrar el impacto ambiental de las intervenciones y orientar las políticas públicas. Sin embargo, existe una pregunta que rara vez ocupa el centro del debate: ¿qué ocurre con las personas cuando cambia el espacio?
Las ciudades no son únicamente una suma de infraestructuras. Son, ante todo, lugares donde se construyen relaciones. Por eso, una intervención urbana alcanza su verdadero potencial cuando, además de mejorar las condiciones ambientales, transforma la manera en que las personas utilizan, perciben y comparten esos espacios.
Esta reflexión ha acompañado el trabajo desarrollado en Villaverde (Madrid) dentro del proyecto europeo URBREATH, una iniciativa que reúne a administraciones públicas, centros de investigación, equipos de diseño y organizaciones sociales para explorar nuevas formas de regeneración urbana. En Madrid, el proyecto se desarrolla gracias a la colaboración entre el Ayuntamiento de Madrid, la Junta Municipal del Distrito de Villaverde, Dark Matter Labs, Basurama, Traza y el itdUPM, integrando capacidades complementarias para abordar la adaptación climática desde una perspectiva ambiental, social y participativa.
Como parte del proceso de evaluación del proyecto, el equipo decidió complementar los indicadores ambientales con una evaluación de percepción ciudadana. El objetivo buscaba únicamente conocer cómo había cambiado el parque desde un punto de vista físico, sino comprender cómo había evolucionado la experiencia cotidiana de quienes lo utilizan. Para ello, se compararon los resultados de una encuesta realizada en 2022, antes de la intervención, con una nueva evaluación desarrollada en 2026 entre niños y niñas del entorno escolar.
Los resultados muestran una evolución muy significativa. El indicador global de percepción pasó de 2,1 a 4,06 sobre 5. La valoración positiva del espacio aumentó de forma notable y aspectos como el atractivo del parque, la comodidad para permanecer en él o el deseo de utilizarlo como lugar de encuentro y juego experimentaron mejoras especialmente relevantes.
Sin embargo, el dato más valioso quizá no sea el numérico. Durante el seguimiento del proyecto, distintos profesionales implicados en la intervención han señalado cómo el nuevo espacio está favoreciendo situaciones que anteriormente apenas se producían. Vecinos que prolongan su estancia en la plaza, familias que convierten el parque en un lugar de encuentro cotidiano o personas de diferentes orígenes que comienzan a interactuar mientras acompañan a los niños durante el juego son ejemplos de una transformación difícil de representar mediante planos o fotografías, pero esencial para comprender el impacto real de la intervención.
Estas observaciones no sustituyen a la evaluación técnica, sino que la enriquecen. Ponen de manifiesto que las soluciones basadas en la naturaleza pueden generar beneficios que trascienden el ámbito ambiental, contribuyendo también a fortalecer la cohesión social, el sentimiento de pertenencia y la calidad de vida en los barrios. Incorporar estas dimensiones a la evaluación de los proyectos resulta imprescindible para comprender todo el valor que pueden aportar los procesos de regeneración urbana.
En un momento en el que las ciudades buscan acelerar su adaptación al cambio climático, experiencias como esta invitan a ampliar la manera en que entendemos el éxito de la regeneración urbana. Medir árboles, biodiversidad o temperatura seguirá siendo imprescindible. Pero quizá también debamos preguntarnos si esos nuevos espacios consiguen generar algo igual de importante: más oportunidades para encontrarse, convivir y construir comunidad.







